TRASFONDO ENCUENTROS-HAMMER PARTE 2 MERCENARIOS

Buenas os presento la segunda parte de trasfondo, previo a la primera batalla

Puedes leerlos a continuación o si prefieres descargarlos de los siguientes enlaces:

Trasfondo del ejército

Una letrina en la tundra

Por un puñado de gnóblares



TRASFONDO MERCENARIO  

La primera partida del jugador mercenario era contra Ogros y este es el trasfondo que elaboró:


Una letrina en la tundra

Un pico rompió el suelo. Una pala se clavó en la tierra. Dos nubes de vapor condensado salían de las bocas de dos tileanos en medio de la tundra. Lorenzo di Rodi pausó y puso los brazos en jarras para mirar a su alrededor y ver absolutamente nada.

Leguas y leguas de tierra fría, cubierta de arbustos, árboles escuchimizados y campos arados que daba pena verlos. Suerte que estaban ya de vuelta a Tilea tras un trabajo que había salido sorprendentemente bien. Lorenzo no querría quedarse allí más de lo estrictamente necesario.


–Cava.

–Ya estoy cavando.

–Estás mirando a las musarañas.

Lorenzo suspiró y volvió a picar.

–Cava –Carlo insistió.

–Que ya estoy cavando.

–¡No lo suficientemente rápido!


Lorenzo soltó su pico sólo para lanzarle a su primo Carlo una mirada fulminante.

–A ver, listillo. Cuéntame. ¿De quién es la culpa de que estemos cavando?

–No empieces con eso... –Carlo puso los ojos en blanco mientras seguía paleando el congelado suelo

de ese perdido rincón de Kislev. Técnicamente tenía un nombre, pero no era uno que Carlo o Lorenzo

supiesen pronunciar o se hubieran molestado en aprender.

–Ah, no, no te vas a ir de rositas –Lorenzo le señaló con un dedo acusatorio–, dime, primo: ¿quién

decidió jugar a los dados?

–No fui solo yo... –Carlo hundió la pala en el suelo y la clavó con el pie.

–¿Quién fue el que se jugó el cavar las letrinas cuando se quedó sin soldada para apostar?

–No recuerdo –Carlo se encogió de hombros.

–Ya... ¿Y tampoco recuerdas quién acusó a los estalianos de hacer trampa? –esta vez Lorenzo dio un

paso hasta estar frente a su primo y le dio la vuelta bruscamente para que le contestara mirándole a los

ojos.

–¡Esos choricios tienen un dado más corto por un lado! –Carlo se defendió. La Honrada y Fiable


Compañía Mercenaria del Erizo daba la bienvenida a todo aquel soldado que decidiese luchar por dinero. Y gloria para Myrmidia, y sed de aventuras, y el honor en la batalla por las causas justas y todas esas chorradas que contaban los poetas de vuelta en Tilea. La mayoría de los humanos que formaban la Compañía eran tileanos, pero había un sorprendente número de mykenoi del Golfo Negro, más de un imperial que hablaba poco, e incluso un bretoniano que sólo estaba sobrio cuando se subía a su caballo.

Había, como siempre ocurría, un nutrido grupo de estalianos, cada uno de un reino o principado distinto, pero por su obsesión común por un embutido curado en común todos eran choricios .

–¡Y QUIÉN ESTÁ CAVANDO ESTA ESTÚPIDA LETRINA AHORA! –Lorenzo gritó. Los cuatro cuervos que les habían estado observando salieron volando.–Cuanto más rápido caves, antes nos volveremos.


Lorenzo se mordió los nudillos antes de pegarle a su primo y, acto seguido, se salió de la zanja y se acercó al pequeño brasero que tenían encendido. El brasero había sido la mínima concesión que les había permitido el sargento, y únicamente para que no se les destensasen las ballestas con el frío kislevita.


Detrás de él, su primo siguió cavando, echando pestes de los choricios y de cómo se iba a vengar en la próxima partida de dados. Mientras el frío le volvía a los dedos, Lorenzo se quedó mirando una particular mancha en el horizonte. Sabía que en Kislev había todo tipo de animales salvajes impensables b en Tilea, como leopardos de las nieves, kobolds nivales, y un cierto tipo de pájaro que los locales no se comían por alguna superstición, pero que en las últimas semanas habían descubierto que se podía guisar.


Esta mancha, sin embargo, no se movía como un animal salvaje campando a sus anchas. Esta manchase movía como algo que les estaba observando furtivamente.

Lorenzo comenzó a silbar una melodía, una señal que ya de hace mucho tenían acordada de antemano,y Carlo se tensó una fracción. Mientras Lorenzo hacía como que se calentaba los dedos en el brasero, Carlo salía casualmente de la zanja.

El resto de la Compañía estaba cien pasos más hacia el oeste, todos ocupados montando tiendas,afilando espadas, y preparándose para una acampada de unos pocos días hasta que las galeras llegaran a Erengrado.


Lorenzo se acercó a su ballesta, dándole la espalda a las criaturas que les observaban.

–¿Lo viste? –Lorenzo susurró.

–Sí... –Carlo contestó al tiempo que le daba un virote. Nadie podía entrar en el regimiento de tiradores si no podría diferenciar una corona miragliana de un maravedí de Bilbali a cuatrocientos pasos de distancia –. No me gusta. Pero es sólo uno.

–A mí tampoco...

Con eso, Lorenzo se giró y puso rodilla en tierra. Con un chasquido la cuerda de la ballesta disparó el virote y, tras un instante, se escuchó un ruido seco. Los cuervos de antes, que ya se había vuelto a posar, volvieron a salir volando.

Fue entonces cuando a escasa distancia de su objetivo se levantó otro gnoblar, chillando en su incomprensible lengua, y corriendo en dirección opuesta.

–Ve a avisar al capitano –Lorenzo dijo mientras volvía de cargar su ballesta. 


TRASFONDO MERCENARIO SOBRE LO ACONTECIDO EN LA PRIMERA PARTIDA




Por un puñado de gnóblares


El capitano Tenilion, un elfo que miraba a toda la tropa humana a su cargo por encima del
hombro, al menos tuvo la decencia de tomar la decisión correcta. Lorenzo tenía que reconocer
que, hasta ahora no les había fallado en ese aspecto. Ésa era la única razón por la que la que
 siendo el capitano y no un cuerpo clavado a un poste. Don Recaredo de Ojeda, el pagador encargado de esta aventura, hubiera sido el primero en sugerir tal acción.

Una vez que los gonblars fueron avistados, las tropas abandonaron el campamento y se apresuraron a formar una línea de batalla. Con el poco tiempo del que disponían no hubo mucho margen para maniobras brillantes. Lorenzo, Carlo, y el resto de los ballesteros, se  quedaron donde habían estado cavando la letrina mientras el resto de los soldados se apresuraban detrás de ellos para formar a su derecha.

–¿Recuérdame por qué estamos aquí? –Carlo preguntó mientras clavaba sus virotes en el suelo
para poder tenerlos más a mano.

–Según el capitano, para cumplir con un encargo.

–El encargo era proteger la retirada de una partida kislevita. Eso fue hace una semana. Yo digo ahora.


Se oyeron clarines y trompetas al tiempo que la caballería y la infantería terminaban de formar sus formaciones.

–¡Ey, salamis! –uno de los estalianos les llamó mientras llenaba de pólvora sus cartuchos–. Os diría de apostar algo, pero veo que esa letrina está sin terminar.


Detrás de él, los otros estalianos estallaron a carcajadas. Como pulla era buena y graciosa porque era cierta. Pero como en otras ocasiones, la bravuconería y la mofa era más para disminuir los nervios y el miedo de antes de la batalla.

–Mirad, chorizzi. Vamos a ver cuántas orejas de ogro traéis esta noche al campamento, ¿vale?

–Carlo increpó–. Luego ya reímos y apostamos...

–¡Pardiez, pero me vale, di Rodi! ¡Que Myrmidia sea testigo! –gritó el estaliano. Todos los soldados que escucharon la invocación de su diosa protectora besaron los pomos de sus armas religiosamente.

La Honrada y Fiable Compañía Mercenaria del Erizo tuvo poco tiempo para más bromas, puesto que los berridos y bufidos de los ogros comenzaron a oírse de fondo. Un cambio del viento pronto hizo que a los humanos también les llegara el repugnante hedor que desprendía su enemigo. El fogonazo del cañón no se hizo esperar, al tiempo que los cielos se arremolinaban y tintaban de manera antinatural.


Ni Lorenzo ni Carlo comentaron esto. Habían vivido suficientes batallas para saber cuándo los magos estaban haciendo de las suyas. Es más Marganius, el rebotado del Colegio Celeste que tenía el dudoso honor de haber sido expulsado tras un caso que era secreto sumarísimo en Altdorf, tardó poco en unirse a los ballesteros en la línea de batalla. El sargento de su unidadles hizo ver que una banda de ogros se les acercaba directamente, y no les tuvo que dar la orden dos veces.


Una nube de virotes salió volando y, a los pocos segundos, cayó sobre los ogros, que tras una serie de gritos más de susto y sorpresa que de pánico, retrocedieron sobre sus pasos. El respiro fue corto, puesto que una masa de gnoblars seguía avanzando hacia ellos en cualquier caso. Marganius hizo un gesto con su mano mientras trazaba círculos con su bastón en el aire, mientras Lorenzo y sus compañeros recargaban las ballestas. De su derecha comenzaron a llegar gritos ahogados de dolor y el inconfundible sonido del choque de aceros cuando los bloques de infantería se encontraron. Pero Lorenzo y Carlo tenían que mantener la cadencia de fuego. Treinta maravedís a la semana era una buena soldada, pero las veinte dengas de plata kislevitas por concluir el trabajo eran un buen incentivo para seguir disparando al enemigo.


Todo parecía ir bien, hasta que un toque de corneta familiar pero inesperado llegó desde la derecha. Lorenzo se giró, y vio que el cuadro de picas estaba retrocediendo. Los chorizzi estalianos se habían adelantado bastante, y los caballeros parecían estar teniendo buena suerte, pero algo debió haber pasado en el centro.


Sobre todo porque a la primera corneta se le añadió otra.

–Eso... ¿eso significa que nos replegamos? –Carlo le preguntó a su primo. No tenía mucho sentido: los ogros y gnoblars que tenían en frente estaban ya en desbandada.

Fue entonces cuando la torre donde habían apostado su cañón... explotó. Por lo menos las almenas. Trozos de bronce candente salieron volando por todas partes. Las cornetas de repliegue comenzaron a sonar más insistentemente. Casi ansiosas.


Marganius les miró. El sargento vociferó. Uno de los tiradores más jóvenes fue el primero en dar dos pasos hacia atrás. Lorenzo y Carlo, más experimentados y conscientes del terreno, decidieron dar un paso al frente.


Al poco, la línea mercenaria estaba en ordenada desbandada. Don Recaredo bien escoltado, y Tenilion, con su insufrible casco brillante vociferando instrucciones y jurando castigos y venganza. Por suerte los ogros se contentaron con quedarse a comer los cuerpos caídos en el campo de batalla. Lorenzo y Carlo, junto con el resto de tiradores, juzgaron más oportuno saltar dentro de la trinchera medio terminada de la letrina, desde donde poder esconderse y defenderse mejor hasta que el sol estuviese suficientemente bajo como para poder reagruparse con el resto de la compañía.

–Bueno... –Carlo suspiró con una sonrisa. Ninguno de los ballesteros entendía por qué–. Dad gracias por que no nos dio tiempo a terminar esta letrina...


TRASFONDO PARTE 3, centrado en los CONDES VAMPIRO en la siguiente entrada

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